En una habitación pequeña, nueve niñas se encuentran en cunas colocadas una al lado de la otra. Su piel era oscura, sus ojos bien abiertos con miedo y esperanza, sus pequeñas manos alcanzando a cualquiera que pudiera levantarlos. Una enfermera murmuró: “Se quedaron juntos en las escaleras de la iglesia. Sin nombres, sin notas. Nadie los quiere a todos. Pronto se separarán”.
La palabra separada golpeó profundamente a Richard. Recordó las últimas palabras de Anne antes de que ella pasara: “No dejes que el amor muera conmigo. Dale a un lugar a donde ir”. De pie allí, sintió el peso de esa promesa. ¿Podría ser él quien mantenga a estas nueve hermanas juntas?
Cuando finalmente habló, su voz era dura. “¿Y si los tomo, todos ellos?”
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