PARTE 1
—Lárgate de aquí, Valeria. Con ese cuerpo arruinas mi imagen.
Rogelio lo dijo sin bajar la voz.
No fue en la recámara, ni en una discusión privada, ni en uno de esos pasillos donde las heridas se quedan atrapadas entre 2 paredes. Lo dijo en el vestíbulo principal del Hotel Imperial Reforma, frente a meseros, fotógrafos, ejecutivos y mujeres vestidas con joyas que brillaban más que sus sonrisas.
Valeria estaba de pie junto a la entrada del salón, con una carriola doble frente a ella y los gemelos de 4 meses inquietos bajo una manta azul marino. Había elegido un vestido de seda color vino que todavía apretaba sobre la cicatriz de la cesárea. Cada paso le dolía, pero había ido porque Rogelio insistió durante semanas en que una esposa debía aparecer “cuando convenía”.
Solo que esa noche, al verla, él no vio a la mujer que había pasado 2 noches sin dormir cuidando fiebre, ni a la madre que había aprendido a cargar 2 bebés al mismo tiempo, ni a la persona que sostuvo su carrera durante años.
Vio una molestia.
—Rogelio, son tus hijos —dijo ella, intentando mantener la voz firme mientras uno de los bebés comenzaba a llorar—. No podía dejarlos solos.
Él sonrió con esa frialdad que usaba cuando quería humillar sin parecer violento.
—Mis hijos no tienen la culpa de que tú te hayas descuidado.
A unos pasos, Jimena, su asistente personal, soltó una risa suave. Llevaba un vestido plateado ajustado y sostenía una copa de champaña como si ya fuera la señora de la noche. Valeria conocía esa risa. La había escuchado por teléfono, detrás de puertas cerradas, en audios borrados demasiado tarde.
Rogelio se inclinó hacia Valeria.
—Esta gala es mi ascenso definitivo. Hoy la junta me presenta como director general de Grupo Altavista. No voy a permitir que salgas en fotos pareciendo una señora cansada de mercado.
Valeria sintió el golpe en silencio.
Grupo Altavista.
La empresa que él presumía como si fuera suya.
La empresa que le había dado chofer, tarjetas, departamentos, viajes y poder.
La empresa que, en realidad, pertenecía a Valeria a través de un fideicomiso que Rogelio jamás se molestó en leer.
Nadie en ese salón lo sabía. Solo 3 personas en la junta conocían la identidad de la accionista mayoritaria que había decidido permanecer invisible desde la muerte de su padre. Para todos, Valeria era una esposa discreta. Para Rogelio, era una carga.
—Quédate cerca de la cocina —ordenó él—. Y si los niños lloran, te sales. Jimena va a estar conmigo cuando suba al escenario.
Valeria miró a Jimena.
—¿Ella?
Jimena dio un paso adelante, sonriendo con falsa ternura.
—Ay, Valeria, no te lo tomes personal. Rogelio necesita a alguien que sí combine con su nueva vida.
La frase cayó como una bofetada.
Un fotógrafo giró hacia ellos al escuchar el llanto de uno de los bebés. Rogelio reaccionó de inmediato. Su mano se cerró con fuerza sobre el brazo de Valeria y la empujó hacia un pasillo lateral.
—No me hagas quedar mal —susurró con rabia—. Estás hinchada, ojerosa y desesperada. Das lástima.
Valeria bajó la mirada hacia los dedos de él apretándole la piel.
En otro tiempo habría llorado.
En otro tiempo habría pedido perdón.
Esa noche no.
Se soltó despacio, acomodó la manta sobre sus hijos y metió la mano en su bolso. Su celular tenía 1 mensaje sin enviar desde hacía 3 días, dirigido a Arturo Salcedo, presidente del consejo y viejo amigo de su padre.
“Si Rogelio cruza la última línea, ejecuten el protocolo de transición.”
Valeria miró el salón iluminado, escuchó los aplausos, vio a Jimena acomodarle la corbata a su esposo como si ya hubiera ganado algo que no le pertenecía.
Rogelio volvió a sonreír para la cámara.
—Vete, Valeria. Hazlo por dignidad, si todavía te queda algo.
Entonces ella presionó enviar.
La pantalla mostró una sola palabra de respuesta:
“Confirmado.”
Y mientras Rogelio entraba al salón tomado del brazo de su amante, Valeria entendió que nadie en esa gala estaba preparado para lo que acababa de comenzar.
PARTE 2
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