PARTE 2
Manejé hasta mi casa con las ventanas abiertas, pero ni el aire frío de la madrugada pudo quitarme el olor de encima. El celular vibraba sin parar. Primero Karla. Luego Diego. Después números desconocidos. No contesté. Al llegar, dejé el saco en una bolsa negra y me metí a bañar. Froté mi piel hasta que se puso roja. Aun así, sentía la humillación pegada en los huesos. En la mesa del comedor me esperaba una carpeta amarilla. La había preparado durante meses. Adentro estaban las pruebas que Diego creía escondidas: correos, mensajes, documentos, estados de cuenta y grabaciones. Todo comenzó cuando Karla me pidió que firmara unos papeles “para ayudarla” con el enganche de una casa. —Papá, es nuestro inicio —me dijo llorando—. Diego dice que si tú me apoyas, por fin podremos vivir tranquilos. Yo firmé. Era mi hija. La única sangre que me quedaba. Pero una semana después, la secretaria de Diego, una muchacha llamada Marisol, me buscó a escondidas. Me dijo que había visto documentos raros en el despacho: investigaciones sobre mis propiedades, sobre la muerte de mi esposa Rosa, sobre un seguro antiguo y hasta sobre cómo declarar legalmente incapaz a un adulto mayor. —Don Ramón, perdóneme, pero no me gusta lo que están planeando —
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