Hacerse un tatuaje es un ritual artístico, una declaración de identidad y, para la biología de tu cuerpo, una auténtica batalla campal. Aunque tendemos a pensar en el tatuaje como un simple dibujo sobre la piel, el proceso real es una asombrosa cadena de eventos donde tu sistema inmunológico y tus células se coordinan para asimilar el arte y mantenerlo allí para siempre.
Para entender qué le sucede realmente a tu piel, debemos mirar bajo el microscopio y descubrir la ciencia que ocurre con cada pinchazo.
La perforación: Cruzando la frontera celular
Nuestra piel se divide principalmente en dos capas: la epidermis (la capa externa, que se regenera constantemente) y la dermis (la capa profunda y estable, donde se encuentran los vasos sanguíneos y los nervios).
La máquina de tatuar utiliza un conjunto de agujas que suben y bajan a una velocidad de entre 50 y 3,000 veces por minuto. Estas agujas no inyectan la tinta superficialmente; atraviesan la epidermis y penetran exactamente entre 1.5 y 2 milímetros de profundidad hasta llegar a la dermis. Si la tinta se quedara en la superficie, el tatuaje desaparecería en menos de un mes a medida que descamamos las células muertas.
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