Me llamo Dulce Ramírez, tengo 62 años. Durante muchos años enseñé inglés en una preparatoria a las afueras de Guadalajara. Mis mañanas comenzaban con el aroma del café recién hecho y el sonido constante de los estudiantes moviendo sus mochilas antes de entrar al aula.

Ahora mis mañanas son más silenciosas. A veces demasiado.
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