La empleada recogía obras del restaurante. El millonario la siguió y descubrió algo impactante. Héctor Villalobos detuvo la copa de cristal a milímetros de sus labios. Su respiración se cortó de golpe. El murmullo del restaurante más exclusivo de San Pedro Garsa García desapareció de su mente, tragado por un zumbido ensordecedor que le heló la sangre. Frente a él, a solo tres mesas de distancia, había un fantasma.
Sus socios alemanes hablaban de una fusión farmacéutica de 50 millones de dólares. El abogado gesticulaba mostrando gráficos de ganancias. Héctor no escuchaba una sola palabra. Sus ojos, oscuros y habitualmente fríos, estaban clavados en la estación de servicio del rincón, donde los meseros arrojaban los platos sucios. Allí estaba ella, Nayeli. Héctor parpadeó con fuerza, creyendo que el estrés le estaba jugando una mala pasada, pero no. Era la misma mujer que había abandonado hace 5 años. La misma mujer brillante, la enfermera de urgencias con un futuro impecable, la única persona que lo había amado antes de que su cuenta bancaria tuviera 9 ceros.
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