Me llamo Isabel Montoya, tengo 67 años, y esa noche estaba sentada en uno de los restaurantes más exclusivos de Polanco, en la Ciudad de México.
Frente a mí, mi hijo Alejandro y su esposa Valeria se reían entre dientes, como si yo fuera parte del mobiliario. A mi lado, don Esteban Cruz, el padre de Valeria, agitaba su copa con arrogancia y me miraba con esa mezcla de lástima fingida y codicia verdadera.
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