Existen heridas que no dejan marcas visibles, pero duelen más que cualquier palabra. El desprecio silencioso de un hijo no se expresa con gritos, insultos ni rechazo directo, sino con actitudes frías, distancias emocionales y gestos que erosionan lentamente el corazón de una madre o un padre. Es una forma de desprecio difícil de detectar, porque muchas veces se disfraza de indiferencia, de distancia, de “normalidad”. Sin embargo, sus efectos son profundos: generan culpa, confusión, tristeza y una constante sensación de no ser suficiente.
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