Me llamo Valeria, tengo 28 años y conozco demasiado bien lo que significa crecer sin un hogar estable.
Cuando cumplí ocho años, ya había pasado por más casas de acogida de las que podía recordar. Aprendí muy pronto a no apegarme a nada. La gente suele decir que los niños como yo desarrollan fortaleza, pero la verdad es distinta: simplemente aprendemos a guardar nuestras cosas rápido y a no esperar demasiado de nadie.

Fue entonces cuando conocí a Mateo.
Tenía nueve años, hablaba poco, observaba todo con atención y se movía en silla de ruedas. Los adultos no sabían cómo tratarlo y los niños mantenían cierta distancia. No eran crueles, solo incómodos. Lo saludaban desde lejos y luego corrían hacia juegos en los que él no podía participar. Muchos hablaban sobre él, pero casi nadie hablaba con él.
Una tarde me senté a su lado con un libro en la mano y le dije en tono de broma:
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