Volvía de la feria como cualquier otro día. Las bolsas pesaban, el sol caía lento y mi mente estaba en lo de siempre: qué cocinar, qué limpiar, qué recordar… y qué olvidar. Porque cuando una madre pierde a un hijo sin haberlo enterrado, aprende a vivir con un vacío que nunca se llena.
Pero ese día, al llegar a casa, algo no estaba bien.

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