La otra cara de la riqueza
En los días siguientes, Mariana empezó a ver el lado oculto de la vida de Amir. Sí, tenía dinero. Muchísimo dinero. Pero vivía solo en una enorme mansión, hablaba más por teléfono que con personas, y casi nadie lo visitaba sin algún interés detrás.
Una tarde, mientras tomaban té en la terraza, él le preguntó sin rodeos:
—¿Por qué huiste de Rumanía?
Ella tardó en responder.
—Porque en casa ya nadie me veía.
Amir dejó la taza sobre la mesa.
—¿Y aquí sí te ves?
La pregunta la golpeó más fuerte de lo esperado. Pensó en la mujer que había dejado Buzău con una maleta y sueños tardíos. En aquella mujer que quería demostrar que todavía podía ser deseada. Pero la verdad era otra: no había huido buscando amor, sino la sensación de importarle a alguien.
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