Doné un riñón a mi esposo después de 22 años de matrimonio, pero tres días después de la operación lo escuché decirle a su amante: “Cuando salga de aquí, la casa será tuya”.
No lloré ni hice una escena; me quité el anillo y pedí el alta. Cuando por fin salió del hospital, lo que encontró en casa lo dejó sin palabras.
—Te juro que en cuanto salga de aquí, esa casa va a ser tuya. Ana no cuenta; después de veintidós años sigue siendo como un mueble: donde la dejas, ahí se queda.
Ana Morales escuchó la frase detrás del biombo verde de la habitación privada del hospital en la Ciudad de México.
La herida de su costado apenas llevaba tres días cerrada, pero aquello le dolió en otro lugar.
Tres días antes había entrado al quirófano para donar un riñón a su esposo, Víctor Salgado, un empresario de 60 años que llevaba casi un año entrando y saliendo de hemodiálisis.
Ana tenía 58, había sido maestra de primaria durante más de tres décadas y, desde que los médicos dijeron que eran compatibles, no dudó.
Víctor sí había dudado, pero no por ella. —Rita, entiéndeme —continuó por teléfono, convencido de que Ana dormía—.
La casa de Lomas Verdes está a nombre de Ana, pero yo arreglo eso. Mi notario hace la donación y listo.
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