Hago lo que puedo. Apretó su mano antes de soltarla. Y tú, ¿por qué una mujer exitosa pasa sus noches con un guardia de seguridad? Porque el guardia de seguridad no quiere nada de mí. Eso no es verdad. El corazón de Valentina se aceleró. ¿Qué quieres? Quiero que dejes de castigarte por el fracaso de tu matrimonio. Quiero que veas lo que todos ven. Una mujer brillante que construyó un imperio. Quiero Se detuvo. ¿Qué? Nada que pueda pedir. El silencio se extendió cargado de palabras no dichas.
Iré al festival. No tienes que Quiero ir. Por Sofía. Por Sofía, repitió él, pero sus ojos decían otra cosa. El viernes del festival, Valentina llegó a la escuela pública en la Doctores. Su Mercedes desentonaba grotescamente entre los coches viejos y las motos. Viniste. Sofía corrió hacia ella, su uniforme escolar impecable a pesar de ser de segunda mano. No me lo perdería. Papá está allá. Está nervioso. Diego estaba con otros padres, su uniforme de seguridad reemplazado por la única camisa formal que tenía.
Se veía incómodo. Hey, Valentina tocó su brazo. Viniste de verdad. Dije que vendría. Señora Morales, qué gusto verla. La maestra de Sofía se acercó. Oh, no soy es mi tía Sofía intervino, la hermana de mi mamá del cielo. La mentira inocente los tomó por sorpresa. Ah, qué bonito que Sofía tenga familia que la apoye. La maestra se alejó. Sofía, es que todos tienen mamás menos yo, pero ahora tengo una tía. Valentina parpadeó rápidamente. Diego Tosió también emocionado.
El festival fue hermoso en su simplicidad. Los niños cantaron, bailaron, leyeron poemas. Sofía recitó uno sobre superhéroes que no usan capas, sino uniformes de trabajo. Es sobre papá, le susurró a Valentina, pero también sobre ti. Durante el convivio después, Valentina sirvió agua de Jamaica y partió pastel como si hubiera hecho esto toda su vida. Las otras madres la miraban con curiosidad, pero no hostilidad. Te ves natural aquí, Diego comentó. Me siento natural aquí. Eso me da miedo.
¿Por qué? Porque cuando te das cuenta que perteneces a otro mundo, ¿y si ya no pertenezco a ese mundo? Y si nunca pertenecí, Valentina, papá, tía. Vale, vamos a jugar fútbol padres contra hijos. La tarde se convirtió en risas y carreras. Valentina jugó descalza, su traje de diseñador lleno de pasto. Diego la atrapó cuando casi cae, sosteniéndola un segundo más de lo necesario. “Gracias”, susurró ella, “por atraparte, por dejarme entrar. Esa noche en la torre el ambiente era diferente, más íntimo, más peligroso.
Sofía está feliz”, Diego dijo. “Yo también. Ese es el problema. ¿Por qué tiene que ser un problema? Porque sé cómo termina esto. Te conozco, Valentina. He pasado tres semanas memorizando cada gesto tuyo. Diego. Sé que tocas tu collar cuando estás nerviosa. Sé que tu risa real es más grave que la falsa. Sé que odias el café, pero lo tomas porque te mantiene ocupada para Sé que estás tan sola como yo, y sé que esto, lo que sea que estamos haciendo, va a doler.
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