La abuela lo había visto venir: la traición, la codicia, el testamento robado. Y lo había planeado, delante de las narices de mi tía.
Permanecí mucho tiempo sentada en el jardín, sosteniendo la caja como si fuera un tesoro sagrado. Cuando por fin me serené, volví a meter los papeles dentro, guardé la caja en la mochila y me volví hacia el rosal.
“También te llevaré conmigo”, susurré, rozando los pétalos. “Vámonos a casa”.

Rosas en un jardín | Fuente: Flickr
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