Javier la miraba con una expresión lastimera, empapado en sudor. Carmen la miraba con una expresión afilada y llena de odio. Lucía miró a su padre. Aquel hombre que siempre le había parecido frío y distante, ahora estaba frente a ella, siendo su escudo protector. Y luego miró al bebé que dormía en su cuna. Un ser inocente que casi crece en un entorno lleno de mentiras, un bebé que merecía algo mucho mejor. Lucía movió lentamente su mirada hacia Javier.
su marido, el hombre al que había amado, o al menos el que creía haber amado, el hombre al que había defendido frente a su padre tr años atrás, el hombre en el que había confiado para liderar su familia. Antes de que Lucía pudiera responder, Carmen no pudo contenerse más. Su paciencia se había agotado. La máscara de suegra sufrida y paciente se había caído hacía tiempo. “Basta ya, no pongas esa cara de pena”, gritó Carmen señalando a Lucía.
“¿Crees que nos asustas?” Sí, usamos el dinero. ¿Y qué? ¿Acaso está mal? Era dinero que mi hijo recibió de su suegro. Faltaría más. Javier intentó sujetar a su madre por el brazo. Mamá, para, por favor. Tú te callas, Javier. Lo cortó Carmen. Eres un calzonazos. Tienes miedo de tu mujer y de tu suegro. Escúcheme bien, señor Ferrer. Ahora miraba desafiante al padre de Lucía. Me opuse desde el principio a que Javier se casara con su hija. Sabía que una niña rica sería una consentida, una inútil, que solo querría que la sirvieran.
Leave a Comment