Abrió su teléfono, comprobó los vuelos a Nueva Delhi y murmuró: «Es la hora».
Aeropuerto Internacional Indira Gandhi, una mañana de octubre. El aire estaba fresco. Aarushi salió de la terminal, llevando a sus hijos de la mano. Arjun y Vivaan habían crecido: altos, atentos, con la mirada brillante. No preguntaron por qué viajaban. Ella se había limitado a decir: «Vamos a ver dónde creció Maa».
En verdad, llevaba más de un año preparando ese regreso. Tras investigar la vida de Raghav a través de contactos e Internet, lo sabía todo: Se había casado con Meera, la heredera inmobiliaria. Tenían un hijo de seis años, inscrito en una prestigiosa escuela internacional de Delhi.
Desde fuera, Raghav lo poseía todo: dinero, poder, prestigio. Pero Aarushi sabía la verdad. Su matrimonio estaba lejos de ser feliz. Meera era lista y controladora. Vigilaba cada uno de los movimientos de Raghav. Aunque él ostentaba el título de director de la zona Norte en la empresa familiar, todas las decisiones importantes las tomaban Meera y su padre. Sus proyectos personales estaban bloqueados, y cualquier posible desliz era sofocado de inmediato.
El hombre que había abandonado a sus hijos no natos vivía ahora en una jaula de oro.
Aarushi inscribió a Arjun y Vivaan en la misma escuela internacional que el hijo de Raghav, simplemente en otra clase. Alquiló un lujoso apartamento cerca y abrió un nuevo spa, «Aarushi Essence», en el sur de Delhi.
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