Necesitaba un amuleto para protegerme de estas personas hipócritas y peligrosas. Y fue entonces cuando la idea de instalar una cámara oculta en el salón comenzó a germinar en mi mente. Fue una decisión arriesgada, pero sabía que era la única manera de desenmascarar sus verdaderos rostros. Decidir instalar la cámara oculta no fue fácil. En ese momento, mi mente era un torbellino de emociones. Estaba el miedo a lo que podría pasar si me descubrían. Seguramente no me dejarían en paz.
Mi suegra, con su carácter duro y autoritario, sería capaz de cualquier cosa para silenciarme. Estaba la repugnancia de tener que investigar y presenciar por mí misma los sucios asuntos que ocurrían bajo el mismo techo en el que vivía. Y también había una pisca de culpa por tener que recurrir a un método no del todo honorable, invadiendo la privacidad de otros. Pero todas esas dudas se disiparon rápidamente. Recordé la mirada indiferente e insensible de mi marido Javier cada vez que intentaba desahogarme por las injusticias que sufría.
Cada vez que mi suegra me insultaba sin motivo, él guardaba silencio, o, peor aún, me aconsejaba que aguantara para mantener la paz en la casa. Recordé la imagen de mi suegra lanzándome insultos, tratándome como a una sirvienta sin sueldo, y la imagen de mi cuñado, con su sonrisa hipócrita y sus palabras astutas, que siempre escondían un cálculo. Todo eso eliminó cualquier vacilación en mí. Sabía que si no me salvaba a mí misma, nadie lo haría. En esta partida no tenía más aliados que yo misma.
Pasé varias noches buscando en internet, investigando meticulosamente los tipos de cámaras ocultas. Necesitaba elegir una que no fuera visible, pero que tuviera buena calidad de imagen. Finalmente, elegí un tipo del tamaño de un botón que podía camuflarse como un gancho para la ropa. Tenía calidad full HD, un micrófono de grabación nítido y, lo más importante, conexión Wi-Fi, lo que me permitía ver en tiempo real desde mi teléfono en cualquier lugar. Usé el poco dinero que había ahorrado de mis fondos de emergencia, un dinero que había guardado sin que Javier lo supiera para imprevistos.
Se suponía que ese dinero era para mis padres que vivían en el campo, pero ahora tenía que usarlo para protegerme. La instalación también fue un problema. Tenía que elegir un momento en que toda la familia estuviera fuera de casa. Afortunadamente, ese fin de semana la familia política fue al pueblo para asistir al funeral de un pariente lejano. Para mí fue la oportunidad de oro. El sábado estuve todo el día sola en casa con el corazón en un puño.
Decidí instalarla en un rincón alto del salón, camuflada como un clavo para colgar un cuadro de un paisaje. Desde esa posición podía ver todo el espacio del salón, especialmente la zona del sofá donde mi suegra y mi cuñado solían sentarse a hablar. Luché con ello toda la tarde, temblando, con el corazón latiendo con fuerza. Cada vez que oía un ruido extraño fuera, cada vez que pasaba una moto me sobresaltaba, temiendo que alguien regresara de repente. Finalmente, después de mucho esfuerzo, terminé la instalación.
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