Cuenta la tradición que uno de sus estudiantes en Los Ángeles vivía agotado.
Tenía buen trabajo, dormía lo suficiente, comía relativamente bien… y aun así se sentía viejo antes de tiempo. Su rostro estaba opaco, sus hombros caídos, su mirada sin brillo.
Había probado vitaminas, siestas, masajes. Nada cambiaba.
Un día el maestro le dijo algo que le sacudió el alma:
“Tu cuerpo no está tan cansado como crees.
Es tu mente la que repite la idea del cansancio… y tu cuerpo solo obedece.”
En vez de darle otro remedio, le dio una instrucción muy extraña:
- Cada noche, justo antes de dormir.
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